Escaso ingreso por largas jornadas para hacer tortillas de maíz

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Oaxaca, 15 de diciembre de 2017 (NTX).- Su labor empieza el día anterior con la nixtamalización del maíz -rojo, negro, blanco o amarillo-, continúa en la madrugada en medio del humo y sonidos de perros y gallos y finaliza hasta la venta de la última tortilla en el mercado de Tlaxiaco, en la zona mixteca de Oaxaca.

La rutina de las integrantes de la Unión de Palmeadoras de la Heróica Ciudad de Tlaxiaco es diaria, sin descanso, aunque sus ingresos son inferiores a los esfuerzos realizados para producir uno de los alimentos más distintivos de los mexicanos.

La labor de estas mujeres fue reconocida por la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) con una mención honorífica en el concurso de relatos y fotografías como parte de la campaña #MujeresRurales, mujeres con derechos, apoyada por Notimex.

“Es un reconocimiento que nunca habíamos tenido, ni en nuestro propio municipio nos habían reconocido el trabajo que estamos haciendo”, dijo la presidenta de la Unión de Palmeadoras de Tlaxiaco, Petra Cruz. “Nos sentimos seguras de nuestro trabajo, de lo que vendemos, (el premio de la FAO) nos motiva a defender nuestro trabajo y demostrarle a la gente que debe comer la tortilla porque es un producto de acá, de nosotros”, insistió Cruz.

Las casi 90 integrantes de la Unión tienen en común la pobreza y la marginación, pero esos factores no les impiden realizar su tarea diaria, tanto para cultivar varias razas de maíz como para elaborar sus enormes tortillas en los fogones que prenden en las primeras horas de la madrugada. “Esto es diario, sin descanso, hasta los domingos. Echo hasta tres cajones de maíz (unos 15 kilos)”, comentó Luisa Méndez -una mujer de 37 años, que aprendió el oficio desde los cinco años de edad- mientras palmea un disco de masa para colocarlo en el comal ardiente.

En tanto, su esposo -quien también está levantado desde la madrugada- muele maíz azulado antes de irse a laborar como albañil, Luisa remueve la leña, cuida de las tortillas y está atenta a que una de sus hijas se aliste para partir a la escuela pública. Apenas están listas las tortillas, Luisa las coloca una tras otra en un tenate -un tipo de cesta- con varias capas de tela y plástico para conservarlas calientes hasta el cliente final.

“El humo que hacemos con nuestro fogón es parte de nosotras y aunque sabemos que nos hace daño, nos gusta comer una tortilla calientita diario”, comentó Cruz, quien acompaña a Notimex en un recorrido por varias casas de las integrantes de este gremio.

Cruz explica que el nombre de palmeadoras surgió por la necesidad de superar la estigmatización debido a que hace varios años, el término “tortilleras” era usado de manera despectiva por la población para referirse a ellas como personas “sucias” o “malolientes” por el humo.

De hecho, aún ahora tienen problemas para desplazarse desde sus casas -algunas ubicadas en montañas cercanas- hacia el centro de Tlaxiaco, porque los taxistas se resisten a subirlas porque “nos dicen que con el tenate ensuciamos el piso”.

A partir del cambio de nombre en la década de 1990 “empieza un proceso de reivindicación de su oficio porque saben que por la elaboración de las tortillas, sus hijos han ido a la escuela y la familia ha sobrevivido”, comentó el investigador Tomas Ortega, cuya tesis doctoral la realizó con estas mujeres.

Las palmeadoras ya no son tantas como antaño -cuando a elaborar tortillas se dedicaban unas 300 mujeres- sobre todo por la aparición más frecuente de tortillerías industriales. “La gente nos pone peros; dice que son muchas tortillas las que les dan ahí, que están más suavecitas, que están más blanquitas.

Pero nosotros no nos rendimos porque sabemos que estamos vendiendo una tortilla de calidad”, comentó Petra. Por una docena de tortillas estas mujeres reciben 20 pesos, aunque de acuerdo con estudios citados por Petra el precio debería ser de cuatro pesos por tortilla.

Aunque las desventajas de la Unión de Palmeadoras son el mayor tiempo y esfuerzo por usar leña, sus ventajas se basan en utilizar varias especies de maíz e incluso combinaciones del ancestral grano con el trigo -por influencia española en la zona- y amaranto.

“Es duro, pero me gusta cultivar la tierra, hacer las tortillas; antes hacía ollas con barro, ahora no porque no aguanto y porque las ollas tardaban en venderse”, comenta Juanita, una anciana de 70 años, mientras junta en una cubeta varias mazorcas de maíz. “Las manos de ellas alimentan gente, mantienen vivos los maíces nativos y ayudan a mover a la economía local de los molineros, de los taxistas, de los caleros.

La labor detrás de ellas es amplia”, remata Ortega, quien reclama un mayor reconocimiento local para estas mujeres. Señaló que se espera que con el premio de la FAO, “la sociedad de Tlaxiaco valore la importancia que tienen estas mujeres en la alimentación. Es un tema de soberanía alimentaria, de seguridad alimentaria, de desarrollo”.

Destacó que su labor también es importante por la promoción de los maíces nativos en un estado con la mayor diversidad de granos de México (35). Según cifras oficiales en México existen 64 razas de maíz, 59 de las cuales son exclusivas del país. “Ellas al consumir los maíces que producen los campesinos promueven que las razas nativas se sigan reproduciendo”, comentó Ortega.

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